lunes, 12 de marzo de 2018

PERSONALIDAD . CARÁCTER . IDENTIDAD


Una vez iba a escribir en una publicación de Instagram ‘he cambiado mi personalidad para caerle bien a una persona. Nunca sabrás si esa persona eres tú.’.
Entonces me pareció una absurdez cuando leí a Simmel en El secreto y las sociedades secretas: “…el individuo, en cuanto miembro del grupo, no es más que un vector de acción, importando nada sus motivos individuales o la personalidad que determina su conducta” y “la sensibilidad moderna se inclina más hacia las amistades diferenciadas, amistades que se limitan a uno de los aspectos de la personalidad sin entrar en los otros […]. Estas amistades diferenciadas nos ligan a una persona por el sentimiento, a otra por la comunidad espiritual, a una tercera por impulsos religiosos, a una cuarta por recuerdos comunes, ofrecen una síntesis peculiar en lo referente al problema de la discreción, la revelación y el disimulo: exigen que el amigo se abstenga de penetrar en las esferas de interés y sentimiento que no están comprendidas en la relación.”.

Estas palabras me derrotaron, me sentí no solo menospreciada sino despreciada, aunque por otra parte me sentí iluminada. Si ya a principios del siglo XIX existía esta conclusión, la evolución de la cuestión de la personalidad a día de hoy lo reafirma.
¿Quiere eso decir que tenemos más de una personalidad?, ¿una para cada tipo de relación?, o ¿nuestra única personalidad es tan elástica que se adapta a cada relación? Entonces, cuando la relación es con nosotros mismos, ¿es cuando nuestra personalidad es plenamente real y verdadera?

Hoy en día es tan fácil no gustarse… Es evidente que nunca vamos a vernos representados en nosotros mismos al 100%, pero las distancias se están desorbitando e hiperbolizando a niveles insostenibles. Cada día nos proponen que tenemos que ser de una manera. No es que la mutación y reinvención personal estén mal, es algo natural y positivo, pero la palabra natural se está convirtiendo en la más peligrosa de utilizar ahora. La repercusión de este efecto está siendo literalmente mortal y nos están tratando de vender una falsa libertad cuando realmente solo estamos aletargados.

Y no solo estamos matando la personalidad, también jugamos (o juegan) con el carácter y la identidad.

Está bien formar un carácter, pero no debemos dejar que nos obliguen a definir y etiquetar constantemente nuestra personalidad. La mejor parte de desarrollar una es la expectación ante la conducta que mantenemos frente a la vida. Lo mejor de ser un humano es trascender, es conocer lo nuevo, reaccionar ante ello y aprender.

Hoy en día tomamos nota de la presencia de una persona, pero no de su personalidad” dice Simmel. No profundizamos. Nos están dictando que tenemos que conocernos todos, pero no preocupándonos por la conducta y personalidad de la persona en concreto. Los políticos están llegando al poder sin profundizar en su personalidad, y una vez tienen el poder suficiente, conseguido mediante engaños y mentiras,  pueden gobernar con su carácter oculto hasta el momento o incluso esconderlo durante el mandato. Esto no pasa a niveles más íntimos porque cuando perdemos el fundamento de la proximidad, perdemos el de la confianza y por lo tanto nos alejamos de esa persona.

Debemos tener mucho cuidado y saber discriminar. Debemos darle más importancia al NO que al SÍ. Saber tomar decisiones y el curso de la toma de decisión es tan importante como abrir la boca inmediatamente para respirar si nos tapan la nariz. Saber y poder tomar decisiones nos hace ser concientes de que no somos lo que quieren que seamos. Y no debemos creer que nuestros juicios siempre están influidos por grupos externos o superiores, aunque esto quizás sería valorar excesivamente nuestra vida, por muy mal que suene. Tampoco tenemos que creer que nuestra vida tiene un valor intacto. No seamos pretenciosos en lo vital.

En Simbologia del vestire, de Alessandro Saggioro, se define la identidad como “lo que viene dado por la imposibilidad de ser indiferente al contexto socio-cultural”. La identidad se define por igualdad y diferencia, en oposición a la personalidad que se remite a lo que uno mismo ve en su naturaleza humana. Y “La identidad personal depende del tiempo, el espacio y las relaciones sociales.”, siguiendo con Alessandro Saggioro.
El suicidio sería la cancelación de la identidad sin retorno. Mientras tanto, uno puede causarse autolesiones o practicarse heridas (estéticas o no) con el fin de conseguir otra identidad a la anterior. Pasamos de una identidad inicial a una identidd alcanzada y ese es el proceso al que en la sociedad de hoy en día se está recurriendo como forma de huida. En todos los casos la identidad cambia. Se pretende resolver una crisis interior.

El refugio que podemos encontrar es mantener una distancia aunque sea mínima entre la identidad personal y la cultural. Posiblemente todos, en algún momento, nos hayamos cansado de buscar algo que nos homologue en el entorno en el que vivimos.

Sería genial que pudiésemos sentirnos libres de formar una personalidad que no haga daño a nadie, del mismo modo que Tristan Tzara definía que debía escribirse un poema dadaísta:

‘Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agite suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.’


Duane Michals, 'Dr. Heisenberg's Magic Mirror of Uncertainty', 1998

viernes, 23 de febrero de 2018

EMPUJÓN



Hoy mi amiga Laura ha dicho que ella no es una persona ‘echada para adelante’ y que eso condiciona su vida laboral y personal. Donde ella encuentra el mayor obstáculo es en su inclusión al mundo profesional, que hoy en día es tan inaccesible para los jóvenes recién salidos de la universidad como nosotros (y en definitiva para cualquiera).

Yo le he replicado que no hay gente ‘echada para adelante’, que todos nos enfrentamos a ciertas circunstancias y que es mediante nuestra toma de decisiones y nuestras acciones como decidimos seguir la onda de un suceso o quedarnos al margen pasivos y no responder de forma dinámica.

Este empujón que a veces nos venden como ‘salir de la zona de confort’ no creo que sea más que un infundio. No podemos mantenernos tan impasibles cuando nos dicen que nuestra forma de actuar es neutral o desinteresada cuando en nuestro día a día tenemos que cambiar nuestra forma de ser y proceder ante las cosas de mil formas distintas. Ya me resulta bastante difícil mantener una rutina llena de influjos externos casuales como para desmerecerla haciéndonos creer que estamos estancados en una ‘zona de confort’.

No estoy aquí para defender una vida sedentaria o monótona. Estoy viendo la parte positiva en la posibilidad de ampliar una ‘zona de confort’ sin tener que salir de ella (en caso de que le pusiésemos nombre a algo que no existe).

Y este cambio es el empujón. El empujón que nos inferimos a nosotros mismos o que nos viene inferido externamente.

El empujón está directamente relacionado con el espacio vital. El eterno no definido espacio vital.
Si hablo de la relación entre el espacio vital y el empujón diferencio una relación directa, que son las situaciones físicas y una relación indirecta, que es la intromisión mental, psicológica o intelectual.
Además, el espacio vital es visto de forma diferente en cada cultura. Incluso en cada postura política y vital. En lo personal también cambia según la identidad de la gente.

Cuando nacemos y nuestra madre da a luz se desencadenan unas etiquetas. Este es el protoempujón o empujón primitivo. El espacio vital físico es violado por motivos evidentes 'o naces o mueres'.
El espacio vital psicológico también es violado y mucho antes: cuando nuestra madre se hace la ecografía de la semana 20 de embarazo, que es ya un símbolo para determinar el sexo del bebé que está por venir. Por desgracia se convierte en un modo más de clasificación de la sociedad. Un modo más de restricción y opresión.
Es el génesis de los empujones que recibiremos el resto de nuestra vida.

Para mi es motivo de angustia moral que la ambigüedad sea aún a día de hoy motivo de acoso o burla. Cuento los días para que la globalización haga su trabajo y en la sociedad se normalice cualquier punto de vista. Con esto no quiero decir que ya nada deba sorprendernos, si no que veamos como algo positivo y enriquecedor para el ser humano que existan modos de vida diferentes a los propios.

Aún así hay muchos tipos de empujones que podríamos medir por repercusión personal, fuerza física, impacto colectivo…

En el metro como forma de invasión del espacio socialmente admitido: en Roma es una forma totalmente extendida para el acoso sexual. La policía hace caso omiso de ello porque no lo cometen personas de la talla de Harvey Weinstein. Parece haber un acuerdo silencioso asumido que pone a la persona al borde del trauma. Parece ser que debemos estar en alerta constante para no ser acosadas, a veces confiamos en que existe una ‘sociedad de crédito’, pero realmente nunca nos dan oportunidad para suponerlo porque voluntaria o involuntariamente tienen el objetivo de destruir la seguridad de las relaciones humanas entre desconocidos.

El empujón que te dan en el concierto de los Arctics Monkeys para robarte un chubasquero del que no sacarán ningún beneficio.

El empujón con rencor de una compañera cegada por la ambición del Haute Couture en clase de Vestuario escénico.

El empujón de Donald Trump al Primer ministro de Montenegro en el G20 de 2017.

Si violar significa romper un pacto de ley o promesa escrito o no escrito. Es decir, romper una confianza previamente establecida, la palabra, entonces también es una forma de violación.

Como ejemplo la canción ‘No me conoces’ de Juan Perro que dice ‘si tú a mi no me conoces ¿por qué vienes dando voces?’. Reaccionar con violencia, pasividad, agresividad… depende de la situación en la que se encuentra cada persona en un momento determinado. Y aclara que realmente es necesaria una confianza para establecer relaciones donde se va a poner encima de la mesa una dificultad vital.

Está claro que también se conserva la faceta positiva del empujón: conocer a una persona (empujón como impulso esperanzador con adrenalina), empujón sexual creador de vida (el espermatozoide llega al óvulo), empujón cuando damos un codazo a otra persona desplazándolo para hacerle saber que hay algo cerca de lo que debe percatarse (rompemos lo desconocido para informar de algo positivo o negativo)…
Pero como siempre en lo negativo encontramos trascendencia.

Y ahora me pregunto, ¿qué es el espacio vital realmente?, ¿qué importancia tiene en la vida de las personas?, ¿dónde está el límite entre salvar a alguien o atacar su espacio?, ¿el espacio vital es ese lugar donde tenemos que salvarnos a nosotros mismos?, ¿por qué en algunas situaciones vitales hemos asumido que no debe existir (transporte público, concierto…)?

Parece que siempre habrá un objetivo que supere el de mantener la propia seguridad e inviolabilidad. Quizá estemos siendo muy pretenciosos o ingenuos al pensar que podemos establecer una confianza con alguien que ‘solamente’ tiene en común con nosotros el estado natural de persona.

Qué crédulos.

Saute d'humeur, Laurence Demaison 2004





miércoles, 14 de febrero de 2018

SÍMBOLO


Simónides llama a la pintura poesía silenciosa y a la poesía una pintura que habla, pues las acciones que el pintor muestra en trance de producirse, las palabras nos las relatan y las describen una vez producidas.’ (Plutarco sobre Simónides)

Me he hartado de escuchar la frase “il simbolo è la cosa che rimanda a qualcosa d'altro” (el símbolo es lo que se refiere a otra cosa). En efecto lo es, pero el símbolo realmente es comunicación, un pacto. Es comunicación por encima de todo a lo que pueda referenciar. Por lo tanto, el símbolo máximo es la palabra, concretamente las letras, la tipografía y los alfabetos.

Imaginemos que el símbolo fuese nuestra religión. Elevemos el simbolismo a categoría sagrada. El símbolo sería sagrado en el sentido de veneración, nunca de sumisión. Crearíamos un sistema de creencias y normas. Nuestra diferencia es que sería imposible definir entre la diversidad de fieles un dios, no tendríamos sagradas escrituras a pesar de que la comunicación y la palabra fuese el motor, no tendríamos un lugar para el culto, no sentiríamos congoja ni culpabilidad por no respetar nuestras normas, no nos preocuparía la muerte porque no sentiríamos coacción ni seríamos juzgados, de nuevo, porque no hay dios. Ni siquiera responderíamos ante la idea del símbolo, nos limitaríamos a crearlo, destruirlo y modificarlo. Somos nosotros los líderes y poseemos el símbolo. Pero sí tendríamos miedos, unos miedos perfectamente factibles: que el símbolo nos domine, que no seamos capaces de destruir algo que hemos construido.

Entonces viene la hierofanía.

He buscado explicaciones siguiendo la definición de Mircea Eliade en Trattato di storia della religione donde dice que el símbolo es lo relativo a la hierofanía.
No he sacado nada en claro ya que a pesar de su profundización y experiencia personal en la investigación por definir el símbolo, en definitiva es historiador religioso y su fin es conocer el aspecto ritual.
Podríamos identificar la creación de cada símbolo con la parte ritual de la religión que creamos, pero como no seguimos un orden de actuación permanente no lo consideraremos.
Aunque afirma algo interesante que sí se puede utilizar: existe un centro por encima de todo y en él reside lo sagrado.

Referenciando al concepto de Axis Mundi: en esta representación el eje del mundo, el centro, es la tierra, lo natural, y lo que se establece es una relación entre los tres mundos determinados (cielo, tierra e infierno).
Podemos relacionarlo con Eliade cuando dice que ‘las sociedades arcaicas y tradicionales conciben el mundo como un microcosmos’. Esto quiere decir que hay un motivo más allá de lo sagrado que es la comunicación.
Sin la comunicación y siguiendo la filosofía del Axis Mundi el individuo permanecería en un estado adánico donde no tendría cultura integrada por conectado que estuviese a otras realidades. Entre esa cultura se encuentra la capacidad de relación con otras esferas y sin ella no tendría lugar la comunicación.

El símbolo es la materialización del diálogo entre alma y cuerpo, ser material y ser intangible y al mismo tiempo con los demás seres que poseen cultura.

Ahora que hemos creado esta religión sin leyes dictadas y que se ha creado un culto a la cultura, valga la redundancia, surgen las preguntas más frecuentes: ¿qué consideramos por ser cultivado? Hoy en día que los símbolos están directamente relacionados con el capitalismo y el consumismo, si fundásemos esta religión, ¿acabarían dominándonos los productores de símbolos y se impondrían sobre los usuarios?, ¿por qué nos íbamos a dejar dominar si sin nosotros los símbolos no existirían?, ¿sería mejor una religión de culto a la tipografía y no al símbolo?

Se ha utilizado la palabra como símbolo y como expresión artística en muchos casos diferentes y todos son referentes para mi: Lawrence Weiner, Barbara Kruger, Liam Gillick, Anastasia Mastrakouli, Mirko Borsche… Su intención de sublimar la dialéctica es seductora para la supuesta religión basada en la comunicación. Esta sería la iconografía religiosa.

El objetivo es conseguir que resguardarnos en el desconocimiento y quedarnos ‘como estábamos’ nunca sea la mejor opción.

Fuente: Nacked silhouette alphabet. Anastasia Mastrakouli.