Una vez iba a
escribir en una publicación de Instagram ‘he cambiado mi personalidad para
caerle bien a una persona. Nunca sabrás si esa persona eres tú.’.
Entonces me pareció
una absurdez cuando leí a Simmel en El
secreto y las sociedades secretas: “…el
individuo, en cuanto miembro del grupo, no es más que un vector de acción,
importando nada sus motivos individuales o la personalidad que determina su
conducta” y “la sensibilidad moderna
se inclina más hacia las amistades diferenciadas, amistades que se limitan a
uno de los aspectos de la personalidad sin entrar en los otros […]. Estas
amistades diferenciadas nos ligan a una persona por el sentimiento, a otra por
la comunidad espiritual, a una tercera por impulsos religiosos, a una cuarta
por recuerdos comunes, ofrecen una síntesis peculiar en lo referente al
problema de la discreción, la revelación y el disimulo: exigen que el amigo se
abstenga de penetrar en las esferas de interés y sentimiento que no están
comprendidas en la relación.”.
Estas palabras me
derrotaron, me sentí no solo menospreciada sino despreciada, aunque por otra
parte me sentí iluminada. Si ya a principios del siglo XIX existía esta
conclusión, la evolución de la cuestión de la personalidad a día de hoy lo
reafirma.
¿Quiere eso decir
que tenemos más de una personalidad?, ¿una para cada tipo de relación?, o ¿nuestra
única personalidad es tan elástica que se adapta a cada relación? Entonces,
cuando la relación es con nosotros mismos, ¿es cuando nuestra personalidad es
plenamente real y verdadera?
Hoy en día es tan
fácil no gustarse… Es evidente que nunca vamos a vernos representados en
nosotros mismos al 100%, pero las distancias se están desorbitando e
hiperbolizando a niveles insostenibles. Cada día nos proponen que tenemos que
ser de una manera. No es que la mutación y reinvención personal estén mal, es
algo natural y positivo, pero la palabra natural se está convirtiendo en la más
peligrosa de utilizar ahora. La repercusión de este efecto está siendo
literalmente mortal y nos están tratando de vender una falsa libertad cuando
realmente solo estamos aletargados.
Y no solo estamos
matando la personalidad, también jugamos (o juegan) con el carácter y la
identidad.
Está bien formar un
carácter, pero no debemos dejar que nos obliguen a definir y etiquetar
constantemente nuestra personalidad. La mejor parte de desarrollar una es la
expectación ante la conducta que mantenemos frente a la vida. Lo mejor de ser
un humano es trascender, es conocer lo nuevo, reaccionar ante ello y aprender.
“Hoy en día tomamos nota de la presencia de
una persona, pero no de su personalidad” dice Simmel. No profundizamos. Nos
están dictando que tenemos que conocernos todos, pero no preocupándonos por la
conducta y personalidad de la persona en concreto. Los políticos están llegando
al poder sin profundizar en su personalidad, y una vez tienen el poder
suficiente, conseguido mediante engaños y mentiras, pueden gobernar con su carácter oculto hasta
el momento o incluso esconderlo durante el mandato. Esto no pasa a niveles más
íntimos porque cuando perdemos el fundamento de la proximidad, perdemos el de
la confianza y por lo tanto nos alejamos de esa persona.
Debemos tener mucho
cuidado y saber discriminar. Debemos darle más importancia al NO que al SÍ.
Saber tomar decisiones y el curso de la toma de decisión es tan importante como
abrir la boca inmediatamente para respirar si nos tapan la nariz. Saber y poder
tomar decisiones nos hace ser concientes de que no somos lo que quieren que
seamos. Y no debemos creer que nuestros juicios siempre están influidos por grupos
externos o superiores, aunque esto quizás sería valorar excesivamente nuestra
vida, por muy mal que suene. Tampoco tenemos que creer que nuestra vida tiene
un valor intacto. No seamos pretenciosos en lo vital.
En Simbologia del vestire, de Alessandro
Saggioro, se define la identidad como “lo
que viene dado por la imposibilidad de ser indiferente al contexto
socio-cultural”. La identidad se define por igualdad y diferencia, en
oposición a la personalidad que se remite a lo que uno mismo ve en su
naturaleza humana. Y “La identidad
personal depende del tiempo, el espacio y las relaciones sociales.”, siguiendo
con Alessandro Saggioro.
El suicidio sería la
cancelación de la identidad sin retorno. Mientras tanto, uno puede causarse
autolesiones o practicarse heridas (estéticas o no) con el fin de conseguir
otra identidad a la anterior. Pasamos de una identidad inicial a una identidd
alcanzada y ese es el proceso al que en la sociedad de hoy en día se está recurriendo
como forma de huida. En todos los casos la identidad cambia. Se pretende
resolver una crisis interior.
El refugio que
podemos encontrar es mantener una distancia aunque sea mínima entre la
identidad personal y la cultural. Posiblemente todos, en algún momento, nos
hayamos cansado de buscar algo que nos homologue en el entorno en el que
vivimos.
Sería genial que
pudiésemos sentirnos libres de formar una personalidad que no haga daño a
nadie, del mismo modo que Tristan Tzara definía que debía escribirse un poema
dadaísta:
‘Coja
un periódico.
Coja
unas tijeras.
Escoja
en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte
el artículo.
Recorte
en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y
métalas en una bolsa.
Agite
suavemente.
Ahora
saque cada recorte uno tras otro.
Copie
concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El
poema se parecerá a usted.
Y
es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante,
aunque incomprendida del vulgo.’
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| Duane Michals, 'Dr. Heisenberg's Magic Mirror of Uncertainty', 1998 |
